Deshonestidad en pareja: no siempre acaba mal, según un estudio
Casi nadie diría que mentir es bueno en una relación. Y, al mismo tiempo, casi nadie puede afirmar que nunca ha ocultado algo, ha suavizado una verdad o ha evitado una conversación incómoda con su pareja.
Esa contradicción es el punto de partida de la tesis doctoral de Rachele Mazzini, defendida en la Universidad de Copenhague. Su trabajo combina entrevistas, encuestas amplias y diarios cotidianos de parejas. No pretende justificar la mentira. Intenta entenderla: qué formas toma, por qué aparece y por qué no deja siempre el mismo rastro.
La idea de fondo es sencilla y un poco incómoda. La deshonestidad no ocurre en el vacío. Forma parte de la dinámica concreta de cada pareja. A menudo es el resultado de patrones que se repiten, no de un acto aislado.
Puedes leer un resumen de la investigación en Phys.org. Uno de los estudios ya está publicado en la revista Personal Relationships.
Un mapa, no un veredicto
En ese trabajo, Mazzini y sus colaboradores pidieron a 656 personas de Estados Unidos que describieran un episodio de deshonestidad con su pareja actual o anterior. A partir de esas respuestas construyeron un marco para ordenar lo que suele mezclarse en una sola frase: «me mintió», «me ocultó», «me engañó».
El marco distingue cuatro capas.
Las formas: engaño activo, mentira, omisión de información e infidelidad.
El contenido: dinero, sexualidad, paradero. Lo que se esconde no es siempre lo mismo, ni pesa igual.
Los motivos dominantes: protegerse a uno mismo o, al menos en la justificación de quien miente, proteger a la otra persona.
Y las consecuencias: confianza rota, ruptura… o, en algunos casos, una experiencia de aprendizaje.
No es un ranking moral. Es una forma de no meter en el mismo saco una omisión puntual y un engaño que se arrastra durante meses. Si alguna vez has sentido que «mentira» se queda corto —o se queda grande— para lo que os pasó, este esquema ayuda a poner nombres sin teatralidad.
Dos patrones que se reconocen enseguida
Al analizar las historias aparecen dinámicas repetidas.
Una es el círculo vicioso. Alguien responde a la deshonestidad del otro con más deshonestidad. O necesita seguir mintiendo para tapar una mentira anterior. La primera falta no se cierra: se multiplica. Lo que empezó como un episodio se convierte en un clima.
Otra la llaman the slowburn, el fuego lento. Al principio, mentir puede generar una especie de alivio o incluso excitación. Con el tiempo llegan la vergüenza y la culpa. Eso no solo erosiona a quien miente. También afecta al bienestar de la pareja.
Mazzini sugiere que identificar estos patrones podría ser útil para quienes trabajan con parejas en consulta. Ella misma aclara que no los han puesto a prueba en contextos profesionales. Conviene quedarse ahí: no son recetas. Son descripciones.
¿Te suena más el tira y afloja de «tú también me ocultaste» o ese malestar que crece en silencio días después de haber callado algo?
Cuando la mentira no es (solo) destrucción
La mayoría asumimos que la deshonestidad siempre destruye. Los hallazgos matizan esa frase, sin convertirla en su contrario.
Algunas formas de lo que los investigadores llaman deshonestidad «prosocial» parecen funcionar, en ciertos casos, como un intento de cuidar el vínculo: evitar un conflicto innecesario o un daño emocional. El motivo declarado es proteger al otro o protegerse uno mismo. Eso no las vuelve inocuas. Las vuelve más difíciles de encajar en un blanco o negro.
Hay un giro todavía más sorprendente. En algunos relatos, el episodio actúa como una llamada de atención. Empuja a la pareja a abordar problemas que, de otro modo, habrían seguido bajo la alfombra.
Mazzini lo resume con honestidad: la deshonestidad suele alimentar la duda y la desconfianza, y eso daña la relación. Y, de forma paradójica, a veces puede convertirse en una oportunidad de aprendizaje. Las dos cosas pueden ser ciertas. Depende del contexto relacional, no de un eslogan.
Un estudio no «demuestra» que mentir salve parejas. Sugiere algo más sobrio: el mismo tipo de acto no produce siempre el mismo resultado, porque no ocurre al margen de cómo os tratáis el resto del tiempo.
¿Nos enteramos cuando nos mienten?
Otro estudio de la tesis —enviado a publicación— siguió durante una semana a 120 parejas de cinco países. Cada día registraban si habían sido deshonestos y si creían que su pareja lo había sido.
La deshonestidad cotidiana resultó relativamente rara. Ocurrió en menos del 20 % de los días para la mayoría.
Las parejas, en conjunto, acertaban bastante al valorar si había deshonestidad en la relación. Sobre todo porque la mayoría de los días no la había. Cuando sí ocurría, la detección era peor: o se les pasaba por alto o sospechaban en falso.
Un detalle importa más que el porcentaje. Las parejas que ya vivían deshonestidad al empezar el estudio se diferenciaban del resto. Reportaban menos confianza y más percepción de engaño incluso antes de incidentes concretos.
Eso refuerza la tesis central. No se trata solo de hechos sueltos. Hay dinámicas de fondo que distinguen a unas parejas de otras. Un tercer trabajo, longitudinal y con ambos miembros de la pareja, sigue en forma de manuscrito.
En otras palabras: a veces el problema no es «pillar» el último silencio. Es el clima de duda que ya estaba instalado.
Qué se puede sacar de esto (sin milagros)
Si buscas una relación estable, o si ya estás en una y te preguntas por las medias verdades, este trabajo no te dice «miente un poco» ni «no perdones nunca». Dice algo más adulto.
La honestidad sigue siendo, para casi todo el mundo, el cimiento de una relación sana. Al mismo tiempo, la deshonestidad aparece en la biografía de muchas parejas, toma formas distintas y no produce siempre el mismo desenlace.
Lo que más daño hace, según estas investigaciones, no es solo el acto. Es el patrón. La venganza con otra mentira. La mentira que exige más mentiras. El alivio inicial que se convierte en culpa. La desconfianza que ya estaba ahí antes del último episodio.
También sugiere que hablar de «proteger al otro» como motivo no cierra el debate. A veces evita un daño. A veces pospone una conversación que la relación necesita. Distinguir una cosa de la otra no es fácil desde fuera. Ni, a menudo, desde dentro.
Ningún artículo puede decirte qué debes perdonar. Ni qué debes contar esta noche. Eso sería otra cosa: un juicio, o un consejo terapéutico. Aquí no toca.
La pregunta útil quizá no es «has mentido alguna vez». Casi todos tendríamos que alzar la mano. La pregunta útil es otra: ¿qué patrón estamos alimentando?
Esa pregunta no exige un tribunal. Exige curiosidad y un poco de valentía. El amor duradero no se construye con la fantasía de la transparencia perfecta, ni con la idea de que cualquier omisión es traición. Se construye, entre otras cosas, entendiendo cómo os habláis cuando la verdad aprieta.
Si quieres explorar con calma qué buscas en una relación —y cómo encajas con otra persona de verdad—, en Celestinia lo hacemos por conversación, sin deslizar fotos y con una entrevista psicológica profunda.