Hartazgo en las apps de citas: por qué vuelve el cara a cara

Hay una escena casi cotidiana. Abres la aplicación, deslizas unos perfiles, contestas un «hola, qué tal» y cierras el móvil con más desánimo que ganas. No es que no quieras conocer a alguien. Es que el proceso te deja vacío.

Esa sensación tiene nombre. Según un reportaje de Infobae, el agotamiento en las apps de citas está empujando a mucha gente de vuelta a los encuentros cara a cara. Del deslizamiento infinito al café de toda la vida.

El cansancio ya no es anecdótico

En el programa Infobae al Regreso, la periodista Mica Mendelevich resumió cifras de informes recientes. Un informe de Forbes Health de 2024, citado en esa conversación, sitúa en el 78% a los usuarios que declaran sentirse agotados emocionalmente. La fatiga sería más marcada en mujeres, aunque no solo les afecta a ellas.

Otro dato se repitió con fuerza: cerca del 69% elimina la aplicación en menos de un mes. Casi siete de cada diez descargas no cumplen treinta días.

Conviene leer estas cifras con calma. No son un diagnóstico ni una sentencia sobre tu vida amorosa. Son la foto de un malestar extendido: la herramienta que prometía acercarte a más personas acaba, a menudo, quitándote las ganas de intentarlo.

Si tienes entre treinta y sesenta años y llevas un tiempo en esto, es fácil reconocerse. No porque seas de otra época. Porque el diseño de muchas apps premia la rapidez y el descarte. Y el descarte, convertido en hábito, cansa.

De los amigos al móvil (y el camino de vuelta)

Infobae recupera un estudio de la Universidad de Stanford de 2019. En 1995, según esa investigación, alrededor del 33% de las parejas se conocía a través de amigos. Internet apenas era un 2%. En 2017, la red había pasado al primer lugar, con un 39%, y los amigos habían bajado al 20%.

El Pew Research Center, también citado en el reportaje, ha señalado que las aplicaciones se volvieron la vía principal para mucha gente joven. Durante años la historia parecía lineal: más pantalla, menos presentación en una cena.

Hoy el relato se complica. Las apps siguen siendo, en muchos países, el canal más usado. Al mismo tiempo, la gente se cansa del desliz, del perfil que no encaja con la persona, de la conversación que muere a la tercera frase. Y busca de nuevo un sitio, una mesa, una voz.

No es un regreso mágico a 1995. Es una corrección. Cuando un medio satura, pedimos otro ritmo.

Mentiras pequeñas, desconfianza grande

¿Por qué se abandona la app tan pronto? Mendelevich apuntaba a un motivo que no suele abrir los titulares de seguridad: las mentiras. La edad. La altura. Los intereses. El clásico «mido 1,80» que, en la puerta del bar, se queda en 1,60.

Suena a anécdota. No lo es. Cada desajuste entre el perfil y la persona no solo estropea una cita. Entrena la sospecha. Empiezas a leer cada foto con lupa. Y es difícil ilusionarte si asumes, de entrada, que te venden una versión retocada.

Para quien busca una relación estable, esa erosión sale cara. Una pareja duradera se apoya en la sensación de que el otro es quien dice ser. Si el primer filtro es un escaparate, el segundo suele ser una decepción.

Hay otra capa. El perfil te reduce a lo fotogénico. El humor, los valores, cómo cuidas, cómo discutes, qué haces un domingo gris: casi nada de eso cabe en seis fotos y una frase ingeniosa. El medio no es neutro. Enseña lo que se ve y esconde lo que, a la larga, sostiene un vínculo.

Demasiadas cartas en el menú

En el mismo programa, Gonzalo Aziz comparó la experiencia con un restaurante donde te cambian la carta todo el tiempo. Te agotas. No de hambre: de decidir.

Más opciones deberían facilitar el encaje. En la práctica, para mucha gente, significan menos compromiso con cada conversación. Siempre hay otro perfil a un dedo de distancia. Siempre puedes posponer el café porque mañana puede aparecer alguien «mejor».

El resultado no es solo fatiga. Es una provisionalidad permanente. Cuesta estar presente si la cabeza sigue en el inventario.

Nada de esto convierte a las aplicaciones en villanas. Han acercado a personas que, por horarios o círculo, no se habrían cruzado. El problema no es que existan. El problema es usarlas como único mapa y esperar que un gesto de dos segundos haga el trabajo que siempre ha pedido tiempo: conocer a alguien de verdad.

El café no es nostalgia: es información

El reportaje describe, en Argentina, bares y cafeterías llenos de gente joven. Incluso Tinder, según se contó en esa charla, ha probado funciones para organizar encuentros presenciales después de un filtro en línea. Hasta las plataformas intuyen que la pantalla, sola, no basta.

¿Por qué el cara a cara alivia algo que el chat no cura? Porque en diez minutos de café obtienes lo que cincuenta mensajes no dan. El tono. Las pausas. Si te mira cuando hablas. Si se ríe de lo mismo. Si hay respeto cuando discrepas.

Eso no convierte el bar en solución universal. Hay quien es más reservado, hay ciudades grandes, hay agendas imposibles, hay quien prefiere un primer filtro escrito. Tiene sentido. La pregunta útil no es «¿apps sí o no?». Es: ¿este medio me acerca al vínculo que quiero o me aleja?

Si buscas una pareja estable, el criterio puede ser sencillo. Después de usarlo, ¿sales con más claridad sobre la otra persona… o con más ruido?

Menos catálogo, más conversación

El cansancio habla de un desajuste. Muchas plataformas premian el volumen: más perfiles, más tiempo dentro. Una relación seria pide menos candidatos y más profundidad. Por eso, junto al hartazgo del desliz rápido, gana terreno lo que huele a intención: hablar de verdad y conocerse con calma.

Entre quienes viven en Instagram, pasar de no decir nada a publicar una foto juntos puede sentirse como un salto. El miedo al fracaso en público no ayuda. Una relación no necesita audiencia para ser real. Si estás en tus treinta, cuarenta o cincuenta, conoces la versión adulta del mismo dilema: cuándo presentar a alguien, cuándo hablar de futuro. La prisa suele ser mala consejera. La honestidad, no.

Una pista, sin milagros. Menos conversaciones a la vez. Un café antes. Preguntas que no quepan en un perfil. Fíjate en cómo te sientes después de una hora de verdad, no en si la otra persona encaja en un papel.

El amor duradero existe. Se ve en quienes se eligieron con información suficiente y siguieron eligiéndose. Buscarlo mejor no es cursilería. Es menos ruido y más realidad.

Volver al cara a cara no es moda retro. Es un recordatorio: las personas no somos un catálogo. Conocer a alguien sigue pidiendo presencia, conversación y un mínimo de verdad sobre quiénes somos.

Si te apetece buscar pareja estable sin deslizar fotos, en Celestinia lo hacemos por WhatsApp, con una entrevista profunda y privacidad de principio a fin.

Basado en: infobae.com

¿Buscas una relación de verdad?

Celestinia te entrevista por WhatsApp, construye tu perfil psicológico y te presenta personas compatibles.

Empezar en WhatsApp